Eran las cerca de las 4 de la tarde cuando salió de casa, estaba soleado pero muy fresco, el cielo tenía un celeste intenso muy particular y las nubes inmensas, blanquisimas, no sabía si era su buen humor o la naturaleza estaba siendo su cómplice, ese día parecía una obra de arte. Manejaba en su camioneta camino a la casa de veraneo, estaba feliz vería de nuevo a su compañero de aventuras.
Estacionó su coche, saludo al personal que iba encontrando a su paso, llegó hasta el establo y una sonrisa dibujó su rostro, corrió y abrazó con ternura a su fiel compañero de aventuras. Eclipse era un caballo hermoso, color negro, fuerte e imponente, pero con ella era como un niño que espera con ansias a su mejor amigo.
- Te extrañé tanto, estos días han sido muy difíciles, mis padres cada vez están más locos y mi hermano es un inadaptado, o la inadaptada soy yo, no tengo idea, solo se que esta casa y tu me consuelan.
Le preparó la montura, y salieron a paso veloz a recorrer la propiedad, eran uno solo. Decidió parar un rato frente al lago, se sentó y apoyó su cuerpo en un árbol inmenso, miraba hacia arriba y podía ver las filtraciones de sol entre las hojas y las ramas, suspiró y recordó lo fácil que era ser niña e ir por esos campos, hoy se sentía infinitamente sola, extrañando el recuerdo de aquel novio que decidió dejarla por estudiar en el extranjero, no podía culparlo era una excelente oportunidad, solo lo extrañaba. Suspiró y montó a Eclipse de regreso a casa.
Para su sorpresa su hermano había llegado con su nueva novia y otro invitado, uno que ella no conocía, pasó cautelosamente, procurando que no notaran su presencia para poder irse sin cruzar palabra, su humor había cambiado de forma drástica, pero no logró ser un fantasma.
¿Qué haces? preguntó su hermano.
Acaso no lo ves, estaba montando y deseaba irme sin que me fastidiaras
Hermana que son esos modales, que pensara mi novia y su hermano, me avergüenzas
Disculpen chicos, ustedes no tienen la culpa que yo tenga a un troglodita como hermano
Te disculpamos y comprendo a que refieres, respondió ese otro invitado que hasta ahora conocía, y que el simple comentario en apoyo, le hizo sonreir ampliamente.
Se saludaron apropiadamente y se sentaron en las mesas de piedra que estaban en medio del jardín.
El invitado era un joven atractivo, demasiado simpático para ser hermano de una mujer tan parca. Hablaron un rato y su tema central fueron los caballos, ella los amaba desde siempre y él practicaba polo en Argentina cuando estaba allá por estudios. Ella le propuso que conociera a Eclipse, fueron juntos al establo, jugueteaban y bromeaban de lo terrible que era tener hermanos, de pronto se ofreció a mostrarle la propiedad, él escogió una yegua llamada Jepri y salieron cabalgando.
Pararon de nuevo en el lago, el quedó maravillado al ver la belleza que imponía ese paisaje. Este día ha sido sorprendente y yo que me negaba a salir de casa dijo él. Sin aviso alguno comenzó a oscurecer y las gotas de lluvia los empaparon, llegaron al establo y secaron con mucho cuidado a Eclipse y Jepri, se pararon junto a la puerta a esperar que dejara de llover, estaban mojados y hacía frío.
No tengo más calor que ofrecerte, que mis brazos dijo él.
Ella sonrío nerviosa, lo tomó de la mano y lo acercó a su cuerpo. Se sentaron y la abrazo con ternura, platicaron un rato más, ella se acomodó en su pecho y no pudo evitar sentirse protegida, muy pronto su cuerpo no sentía frío y la familiaridad de ese abrazó la empujo a buscar algo más, se fundieron en un beso y caricias, se desnudaron a medias e hicieron el amor apasionadamente. La lluvia ceso y era la hora de regresar, durante el camino a casa no dijeron nada.
Hermano que fastidio esperarte, donde se habían metido, ya nos vamos.
Solo salimos a cabalgar y a disfrutar del día, dijo el con un tono nervioso.
Bueno Adiós fue un gusto conocerte, lo abrazó y lo besó en la mejilla.
Lo mismo digo, cuídate.
Ella subió a su camioneta, miró por el retrovisor y sonrío. No había nada que decir, porque arruinar ese momento, ese día perfecto con Eclipse, al menos ya no se sentía triste, ni extrañando aquel recuerdo. Ahora cada vez que regresara allí, recordaría esa travesura y a ese adorable extraño que le ofreció sus brazos para calmar el frío.

